| Borrell: Ideario y
virtudes de un «jacobino» irreductible Madrid. Álvaro Martínez
El vencedor de las primarias
en el PSOE, José Borrell, dice estar colocado en el centro de la izquierda, una etiqueta
más apetecible para él que la más extendida de «jacobino» y radical que no ha
conseguido descoser de su traje desde que apareciese en la escena pública. Los tics de
vanidad que algunos le aprecian, el encono con que defiende sus tesis y la encendida
manera en la que expresa su hábil oratoria no le han granjeado demasiadas amistades ni
entre los dirigentes de su partido (ninguno apoyó su candidatura) ni en otros. Defensor
del intervencionismo del Estado y del centralismo, destila una escuchimizada simpatía por
el nacionalismo. Borrell tiene la frialdad del técnico que prefiere no dejar nada a la
improvisación.
Casi el único acontecimiento en el que el azar
ha influido determinante en la vida de José Borrell ha sido su matrimonio. El verano de
1969, con 21 años, marchó a Israel a trabajar en un «kibutz». Bajó del barco en el
puerto de Haiffa con destino a la colonia agrícola de Galón. Quien organizaba a los
recién llegados gritaba: «Por aquí los del «kibutz» de Gatón». Borrell entendió
Gatón y allí se fue en vez de Galón. El caso es que fruto de esa mala audición en
Gatón conoció a una joven con la que se casó poco después. «Una percepción
cacofónica de un vocablo puede condicionar tu vida», declararía después.
Salvo esta circunstancia, los caprichos de la suerte no han tenido demasiado peso en el
devenir político del candidato socialista a la presidencia del Gobierno. Más parece
Borrell el resultado de un proceso técnico, de una empírica comprobación permanente de
todo que no deja resquicio a la improvisación. Lleva la mitad justa de su vida metido en
el PSOE (se afilió en 1975) y vanidosamente, presume de ello. Su último empleo ligado a
la esfera privada data de aquellos años, cuando dirigió el Departamento de Sistemas de
la empresa Cepsa. Desde entonces siempre ha estado ligado al sector público, aspecto que
con el paso del tiempo ha convertido en un dogma de fe y un norte irrenunciable. Así, en
su día llegó a calificar de situación «vergonzante, la de esos socialistas que se
salen de la Administración para forrarse de dinero en la empresa privada». Aunque nunca
se forrara, su proceso fue contrario: de lo privado a lo público.
Desde que apareciese por la extinta Diputación de Madrid y por el Ayuntamiento de
Majadahonda, Borrell ha defendido la intensificación de la política redistributiva con
un talante visceral y enérgico, definido por algunos como de «radicalismo fiscal y
social». Cómo será su forma de defender sus ideas que al poco de llegar a la
Secretaría General del Presupuesto y del Gasto Público (1983), el entonces líder de
UGT, Nicolás Redondo, le llegó a echar rojo de ira de una reunión.
«Una persona difícil»
Esa manera de decir las cosas le ha creado un erial importante en el campo de las
amistades. «Borrell raspa». El comentario pertenece a un compañero suyo en uno de los
gabinetes de Felipe González y define ese difícil contacto entre el candidato y su
interlocutor. Quizás por ello, no dejó demasiadas amistades en el Consejo de Ministros
pues sólo el defenestrado Antonio Asunción, que compartió esa mesa con él durante unos
meses, le ha prestado su apoyo en la campaña de las primarias. Aunque, visto lo visto,
parecen no haberle hecho falta esos apoyos.
Un detalle más. Allá por mediados de los ochenta, algunos de sus críticos en el PSOE
intentaron popularizar el término «borrellismo», como sinónimo de actitud dura y
despiadada. Digamos que era una versión actualidad de la etiqueta de «jacobino»,
vocablo más historicista, que le han colgado del traje desde aquellos años en los que
llevaba barba y bigote. Cuando se le pregunta sobre esto no tiene empacho en reconocer lo
siguiente: «Esta claro que no soy una persona fácil. Creo que soy poco condescendiente y
muy exigente. En mi entorno exijo mucho y eso hace difícil la relación profesional».
Amigos
Así que amigos, los justitos. El mismo se confesaba hace catorce años en una
entrevista:
«¿Tenía usted muchos amigos en su niñez e infancia?»
«Pues... no muchos».
La cosa va más allá y para ilustrar la dedicación y tesón que ha puesto en su
trabajo la entrevista seguía:
«¿Y novias? Ha tenido muchas. Seguro que tuvo usted novias hasta muy mayor»
«¡Pues la primera novia... Ahora que lo dice creo que nunca he tenido novia,
¡maldita sea! creo que no he tenido novias».
Con esos antecedente, su nombramiento como secretario de Estado de Hacienda, en el mes
de febrero de 1984, no ayudó en nada a que aumentara su número de partidarios, amigos y
novias. Fuera del tópico del perverso Recaudador Mayor del Reino, traído de las novelas
artúricas, uno de sus principales objetivos en la primera etapa fue la lucha contra el
fraude ya que por aquellos años (y quizás en todos porque por algo existen los
inspectores de Hacienda) la costumbre de «engañar» al Fisco vivía una de sus épocas
más florecientes. «En España hay fraude hasta las orejas», declaraba Borrell entonces.
Otra cosa fue el método elegido para esa terapia de choque y el salto a la luz pública
(algunas lenguas dicen que desde la sede del Ministerio en el Paseo de la Castellana) de
los nombres de relevantes y conocidas personas de la vida pública. Así llegaron aquellos
expedientes contra Lola Flores, Marujita Díaz o el periodista Pedro Ruiz. Mucha tinta fue
derramada al airearse en la plaza pública asuntos tan delicados y, en principio,
reservados.
El «cerebro» del IVA
Paralelamente, otra batalla era la que mantenía todos los veranos con los ministros a
la hora de discutir los Presupuestos que se llevan a la Cámara con el final del estío,
allá por el mes de septiembre. También fue uno de los responsables de la puesta en
marcha del IVA, compañero ineludible de cualquier «factura «blanca» que se emite en
España desde mediados de los ochenta, una gestión de la que ha confesado sentirse muy
«orgulloso».
El cambio de Departamento (de Economía y Hacienda a Obras Públicas y Comunicaciones)
y su ascenso anejo (de secretario de Estado a ministro) descubriría también otros
capítulos de su ideario político. Además, pasó de ser el sastre que mete la tijera al
traje (Presupuesto) a ser uno de los maniquíes que se quejan de la sisa. Pasó, pues, de
aguantar los reproches sobre la escasez de dotación a ser uno de los que se quejaba.
Encontramos en esta época nuevas referencias a la defensa de lo público y del gasto
que estas inversiones llevan aparejadas. «A España se le ha quedado pequeño el traje,
las costuras están a punto de reventar». Así defendía la «necesidad» de gastar
«para adaptar las estructuras y servicios de España a los de Europa».También comenzó
a pronunciarse sobre la privatización de las empresas públicas, aspecto sobre el que
mantiene posiciones inequívocas. «La rentabilidad de un servicio no se refleja sólo en
una cuenta de explotación, sino en las necesidades colectivas que satisface. Más que
privatizar, la solución es la adecuada gestión de lo público».
Muy lejos de Pujol y el nacionalismo
La política está llena de meandros hoy ganas mañana pierdes y por
algunos de ellos ha navegado Borrell. Un par de ejemplos. El día que la Ley General
Tributaria, inspirada por él, superó el examen del Tribunal Constitucional dijo que era
«una buena noticia para los contribuyentes y los fabricantes de vainas, porque muchos se
la tendrán que envainar después de tres años de críticas». Años después, hubo él
de «envainarse» la revisión del Catastro (vulgo «catastrazo») presionado incluso por
los alcaldes de su partido.
Acogido con mucha fe al principio del centralismo, otra de las aristas de su ideología
(una de las más puntiagudas y que más «pinchan» en diversos sectores), es su recelo a
las tesis nacionalistas. En un mitin de esta pasada campaña triunfal reivindicaba su
derecho, y el de todos, claro, a gritar «¡Viva España! desde Cataluña No es raro, por
ello, que desde Convergencia i Unió se prefiriese secretamente que fuera Joaquín Almunia
el que venciese en este proceso de primarias. Eso se ha venido a reconocer implícitamente
desde las filas pujolistas.
La primera reacción de Jordi Pujol en la resaca del 24-M no deja lugar a eufemismos o
medias tintas. «Mis relaciones con Borrell afirmó ayer el presidente
catalán han sido difíciles en asuntos que se refieren a Cataluña. El defiende su
ideas y nosotros las nuestras». El «gran botiguer» de la política contemporánea
dejaba, no obstante, una incógnita, porque nunca se sabe: «El futuro dirá si tenemos
que negociar con él».
La falta de entendimiento de Borrell con Pujol (y esto sí que es un eufemismo para
evitar sustantivos más gruesos) parte de tiempo atrás. Ya en su época de ministro de
Obras Públicas, el hoy recién nacido candidato se plantó ante algunas de las exigencias
de Pujol en materia de infraestructuras para Cataluña, oposición que en más de una
ocasión obligó a la intervención mediadora del propio González, con éxito desigual.
Célebre es también la anécdota de Borrell paseándose en el verano de 1992 por el palco
del Camp Nou arropado por la bandera de España tras la victoria de la selección en la
final de fútbol de los Juegos Olímpicos. «Borrell, va usted con un vestido muy
adecuado» dijo con sorna el líder de CiU, a lo que el socialista contestó «muy
adecuado, president, muy adecuado» sin hacer caso de la sutil reconvención.
Este conglomerado de tormentosas y tortuosas relaciones con Jordi Pujol formaron parte
del discurso de Almunia en estas primarias, quien dejó entrever que si Borrell era el
candidato elegido sería difícil que llegara a entenderse con el presidente de CiU cuando
su apoyo fuera necesario para reconquistar la Moncloa. Los «peor pensados» dentro del
PSOE aseguraban ayer que la advertencia del secretario general caló hondo entre la
militancia y que este aspecto fue uno de los que inclinó la balanza a favor... de
Borrell.
En Cataluña, pese a ser uno de los dirigentes más destacados del PSC, tenía hasta
ahora un peso muy relativo, pues se le acusaba de haberse puesto a ejercer de catalán en
el momento en que su estela perdió brillo en Madrid.
Su victoria ha planteado muchas dudas en el PSC, pues el ex ministro ha puesto en
evidencia la gran distancia que separa a la dirección de las bases, un trecho que se
extiende a asuntos como la ley del catalán, fervientemente apoyada por Narciso Serra y
Joaquín Nadal. Sin embargo, Borrell se ha mostrado muy escrupuloso con los asuntos de
política catalana y no se ha pronunciado públicamente. Un detalle: uno de sus máximos
partidarios en el PSC, Julio Villacorta,
es uno de los activistas más destacados en contra de la ley del catalán. Una prueba del
rechazo que suscita entre los dirigentes del PSC es que su nombre ha sido
sistemáticamente rechazado como posible candidato a las autonómicas. Ya no le hace
falta. Postula a la Moncloa
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