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INTERVENCION EN LA CONSTITUCION DE
CONVIVENCIA CIVICA CATALANA
EL 6 DE MARZO DE 1998


Amigas y amigos, Compañeras y Compañeros, pero ante todo y sobre todo, hoy: ¡Ciudadanas y Ciudadanos de Cataluña:

Permitirme la licencia de saludaros con un extemporáneo "Buenos días" porque, aquí y ahora, despierta en Cataluña, con vosotros, con todos nosotros juntos, una nueva esperanza.

  • La esperanza de hombres y mujeres que con independencia de nuestra ideología, reivindicamos juntos el derecho a que esta lengua que uso y sus culturas estén también presente en las instituciones de autogobierno catalán porque éstas, también, son el fruto de nuestra lucha por la libertad y la democracia.
  • La esperanza de hombres y mujeres que con independencia de nuestro credo, sexo o idioma en el que hablamos y nos comunicamos, contribuimos, con nuestro esfuerzo y con nuestro trabajo a sostener su funcionamiento.
  • La esperanza de hombres y mujeres que con independencia de nuestra percepción de la historia y de cómo veamos nuestro encaje en ella, creemos que la misión de estas instituciones es la de construir el mejor futuro para nosotros y para nuestros hijos.
  • La esperanza, en definitiva, de hombres y mujeres que con independencia de nuestros sentimientos de identidad, nuestros sueños y nuestras emociones, aspiramos a que estas instituciones nos garanticen el derecho de ser ciudadanos y vivir libres en convivencia, progreso y cohesión social.

Y esta esperanza despierta precisamente ahora, amigas y amigos, porque el 30 de diciembre de 1997 el nubarrón de una amenaza oscureció nuestro futuro.

El 30 de diciembre de 1997, con la aprobación de la ley de política lingüística se han sentado las bases legales que pueden provocar de hecho nuestro

  • extrañamiento como ciudadanos,
  • la expatriación de una de nuestras dos lenguas,
  • la ignorancia de nuestros legados culturales,
  • la negación de nuestras raíces,
  • la extirpación de nuestros sentimientos identitarios y
  • la expropiación nacional de nuestros hijos

porque esto y, no otra cosa, se esconde tras el proyecto nacional identitario que se ha apropiado de unas instituciones que han de ser de todos.

Amigas y amigos: Todos somos conscientes que el mundo moderno en el que entramos nos plantea oportunidades y amenazas, soluciones a viejos problemas y riesgos nuevos que nos inquietan.

La amplia movilidad que los capitales y las mercancías han alcanzado comportará también, porque es de justicia, una amplia movilidad de personas que yo creo que debería ser movilidad de ciudadanos del mundo.

Estos movimientos pueden poner hoy en riesgo, como siempre lo pusieron en el pasado, la cohesión social alcanzada. Ante esta situación ha habido siempre en el mundo una línea de actuación que ha hecho recaer sobre los más débiles el esfuerzo necesario para mantener dicha cohesión: la homogeneización cultural, lingüística e identitaria de los más débiles en torno a los valores y símbolos identitarios de los más poderosos.

De esta forma creando patrias y naciones sentimentales se ahorra a los poderosos los esfuerzos fiscales necesarios, garantizando una cohesión social que se alcanza así de forma sentimental y no económica.

  • La cohesión social por vía sentimental, sobre todo, la pagan los más débiles.
  • La cohesión social económica la hemos de pagar todos en función de nuestra riqueza.

El nacionalismo identitario que se esconde detrás del catalanismo político pretende hacernos pagar con el impuesto lingüístico la garantía de una cohesión social que de no ser así sólo podría alcanzarse con mayores niveles de esfuerzo fiscal solidario.

Este impuesto lingüístico además es doblemente injusto y regresivo porque recae especialmente sobre quienes no pudimos ejercer derechos lingüísticos que hoy están reconocidos pero que durante nuestra juventud nos fueron arrebatados.

Yo creo que, frente a los riesgos que nos acechan hemos de responder con nuevas formas de cohesión, a partir de nuevos valores que se fundamenten en la libertad y dignidad de las personas y que impliquen

  • el reconocimiento de la pluralidad,
  • el fomento de la interculturalidad
  • junto a la voluntad de compartir adecuadamente los frutos y beneficios de una economía globalizada.

Conducir a nuestras instituciones por esta línea supone desarrollar una línea de pensamiento nueva y un salto cualitativo en el desarrollo de nuestra civilización.

Este salto cualitativo al que me refiero pasa hoy, prioritariamente, por proclamar e impulsar un nuevo concepto de laicidad aplicado a las instituciones de autogobierno.

De la misma forma que el paso de los estados confesionales a los estados aconfesionales en el siglo pasado permitió acabar con viejos y sangrientos conflictos civiles, sin que los ciudadanos tuvieran que renunciar a sus sentimientos religiosos; el nivel de convivencia y cohesión social en el futuro dependerá de que todas las instituciones distingan y asuman la separación, entre la gestión de los asuntos políticos colectivos, y los sentimientos de pertenencia identitaria y de adhesión cultural de sus ciudadanos.

Si la civilización ha tenido una orientación clara en su continuo progreso esta ha sido la de ir ampliando cada vez más el espacio de la libertad individual frente a las resistencias conservadoras de situaciones de privilegio de castas, aristocracias, oligarquías o nomenclaturas que se resistían a la perdida de sus privilegios blandiendo histéricamente los últimos recursos simbólicos colectivos que los mantenían en el poder.

Quiero aprovechar en este punto esta reflexión para haceros partícipes y dejar constancia con claridad y sinceridad la información aparecida en la prensa últimamente.

Esta concepción laica de las instituciones que os he planteado corresponde al eje programático que planteé en el órgano de dirección política del Partido Socialista de Cataluña, partido al que pertenezco al informarle de mi intención de participar como aspirante en el proceso de primarias para la designación de Candidato a la Presidencia de la Generalitat.

Pues bien, amigas y amigos, comó único candidato por ahora, adquiero formalmente el compromiso de que junto a este proyecto de laicidad para nuestras instituciones me comprometo, como primera e indispensable medida para que este proyecto tome cuerpo, a exigir de mi partido una rectificación de la ley de política lingüística que de espaldas a los intereses de su base social y sin la legitimidad congresual necesaria aprobó en el Parlamento, en un acto de sumisión inexplicable ante Convergencia.

Esta rectificación la voy a exigir por tres motivos fundamentalmente.

En primer lugar porque es de justicia que las instituciones catalanas de autogobierno reconozcan claramente y en términos de igualdad jurídica la lengua materna del 60% de su población, sin ningún tipo de reservas de dominio, porque forma parte de los derechos humanos, por respeto a la democracia.

Pero si ésta razón por si sola no fuera suficiente, no me temblará el pulso para exigir un reconocimiento en propiedad de nuestra ciudadanía y con ella de nuestras dos lenguas.

Porque lejos de lo que algunos perversamente plantean, en la Cataluña democrática de hoy no hay fuerzas de ocupación, ni derechos de conquista.

Somos ciudadanos con títulos de propiedad suficientes como para poder exigirlo porque hemos comprado con el fruto de nuestro trabajo el derecho a serlo.

Es hora de reivindicar nuestros títulos de ciudadanía con plenitud afirmando que esta tierra también nos pertenece a todos y nos pertenece porque la hemos pagado, la hemos pagado a su precio de mercado, y la hemos comprado con el fruto de nuestro esfuerzo,

  • construyendo las calles y las plazas de las ciudades y pueblos en los que vivimos,
  • edificando las casas los pisos en los que habitamos,
  • fabricando los muebles en los que comemos reposamos y en los que dormimos,
  • diseñando y montando los coches con los que nos movemos,
  • tejiendo y confeccionando la ropa con la que nos vestimos,
  • elaborando y preparando la comida con la que nos alimentamos,
  • vendiendo los productos que fabricamos, en mercados que conseguimos viajando y utilizando las lenguas que aprendimos de nuestros padres
  • escribiendo las novelas que leemos y
  • componiendo la música que escuchamos.

Y si esta segunda razón de propiedad tampoco es suficiente añadiré que el PSC debe rectificar porque existen amplios sectores sociales que si bien hasta ahora no ha optado por reclamar su derecho, a partir de hoy podrían estar dispuestos a movilizarse, si no se produce un cambio en profundidad en la línea nacionalista identitaria desarrollada hasta la fecha.

Pero dicho esto, con toda firmeza,

  • el mensaje que a toda la sociedad catalana queremos transmitir,
  • lo que de verdad queremos que mueva a las conciencias,

es que se sepa y que se entienda

  • que todos somos hijos de esta sociedad,
  • que todos formamos parte de este pueblo,
  • que todos hemos convivido sin problemas y
  • que todos lo pretendemos seguir haciendo

pero que, a la vez, nos unen vínculos profundos, familiares, sociales y culturales, con nuestras tierras de origen o con las tierras de nuestros antepasados.

Que podemos compartir el lema de ser un pueblo pero no el lema de un solo pueblo,

  • si este "solo" significa soledad y aislamiento,
  • si este "solo" significa exclusión,

sencillamente porque esto no es así,

  • ni nos sentimos solos,
  • ni estamos aislados,
  • ni deseamos excluir a nadie.

Le hemos dado a esta sociedad más que nadie, o por lo menos, tanto como el que más porque en ella hemos encontrado la iniciativa, la capacidad de organización y sentido de la oportunidad que hacía eficaz nuestro esfuerzo.

Pagamos como catalanes el impuesto de la solidaridad interregional, y además muchos de nosotros o de nuestros mayores hemos pagado el coste de la movilidad geográfica en beneficio de la eficacia de un sistema productivo débil, por ello no se puede exigir el tributo adicional de la expropiación lingüística y encima mantener a la ciudadanía alejada de las instituciones que deciden nuestro futuro.

Es necesaria una profunda rectificación, un gesto claro de reconocimiento de que esta sociedad es plural y de que en su seno todos han de ser acogidos como hijos legítimos suyos e hijos deseados.

Deseamos, en definitiva, poder compartir el futuro con un proyecto de país en el que todos nos podamos realizar,

  • como ciudadanos, individual y colectivamente,
  • sin renunciar a nuestros signos de identidad y
  • consiguiendo, además, que estos signos se incorporen legítimamente como signos propios de la identidad catalana.

La cultura y la lengua catalana tienen su futuro garantizado, en esto nadie debe tener ningún temor, pero el peso del esfuerzo necesario no puede recaer sólo sobre una parte de la sociedad. Si de lo que se trata es de salvar una cultura y una lengua, es el estado, con todo su peso y su poder el que debe asumir, en un cambio histórico sin precedentes, la responsabilidad de garantizar el futuro de todas las lenguas españolas, con un reconocimiento solemne y una articulación y coordinación de medios y recursos que hoy actuan no sólo dispersos, sino incluso enfrentados.

Y mientras todo esto llega, lo que hoy nos aparece claro a todos es que para conseguir y garantizar que en el futuro nuestros derechos se respeten, Convivencia Cívica Catalana, como plataforma independiente, estará presente,, cada vez con más fuerza, para respaldar a todas aquellas ciudadanas y ciudadanos que se propongan impulsar estas ideas allí donde se encuentren.

La sociedad que va a nacer con el siglo va a ser una sociedad cada vez más compleja, las viejas fórmulas de organización ciudadana y política están quedando superadas por esta misma complejidad. Una sola organización no puede sintetizar ya, todas las inquietudes de un ciudadano y las soluciones a sus problemas. En el futuro todos necesitaremos de una multiplicidad de organizaciones para encauzar nuestra participación social y para articular la defensa de nuestros intereses, en esta línea Convivencia Cívica Catalana nace para cubrir un vacío que hoy es evidente.

Quisiera para terminar hacer una adaptación libre, muy libre, -un contrapunto, en realidad- de un sentimiento que se expresa en un famoso verso con el que me identifiqué cuando lo oí por primera vez y con el que sentí que realmente sí somos un pueblo y siempre lo hemos sido –incluso en los peores momentos-.

El verso empieza así:

Escolta, Espanya,-la veu d'un fill /
Que et parla en llengua- no castellana; /
Parlo en la llengua -que m'ha donat /
La terra aspra: /
En'questa llengua-pocs t'han parlat; /
En laltra, massa.

El verso sigue, -lo habéis identificado bien, es la Oda a Espanya de Joan Maragall-, y expresa el dolor de alguien que ama y ve el objeto de su amor, perdido y desorientado.

Este verso no siempre es bien entendido fuera de Cataluña porque encierra cierta ambigüedad en su despedida.

Con el mismo sentimiento lo hago mio en una nueva versión:

Escucha, Cataluña, -la voz de un hijo /
que te habla en lengua -hispana; /
hablo la lengua -que no me ha enseñado /
la tierra ni fértil ni áspera /
porque ni tierra -ni techo tenían /
los que me la enseñaron.

A esta Cataluña que se repliega sin encontrarse a si misma quiero acabar, también como el poeta diciéndole:

¿Dónde estás Cataluña? -No llego a verte. /
¿Es que no oyes mi voz atronadora? /
¿Es que dejaste de entender a tus hijos? /
¿Es que deberemos terminar también el verso / diciendo ¡Adiós Cataluña!?

Amigas y amigos, Compañeras y Compañeros, pero ante todo y sobre todo, hoy ¡Ciudadanas y Ciudadanos de Cataluña:

saludemos a la esperanza
¡Benvinguda Cònvivencia Cívica Catalana!
¡Bienvenida Convivencia Cívica Catalana!

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