Amigas y amigos, Compañeras y
Compañeros, pero ante todo y sobre todo, hoy: ¡Ciudadanas y Ciudadanos de Cataluña:
Permitirme la licencia de saludaros con un extemporáneo "Buenos
días" porque, aquí y ahora, despierta en Cataluña, con vosotros, con
todos nosotros juntos, una nueva esperanza.
- La esperanza de hombres y mujeres que con independencia de nuestra ideología,
reivindicamos juntos el derecho a que esta lengua que uso y sus culturas estén también
presente en las instituciones de autogobierno catalán porque éstas, también, son el
fruto de nuestra lucha por la libertad y la democracia.
- La esperanza de hombres y mujeres que con independencia de nuestro credo, sexo o
idioma en el que hablamos y nos comunicamos, contribuimos, con nuestro esfuerzo
y con nuestro trabajo a sostener su funcionamiento.
- La esperanza de hombres y mujeres que con independencia de nuestra percepción de
la historia y de cómo veamos nuestro encaje en ella, creemos que la misión de
estas instituciones es la de construir el mejor futuro para nosotros y para
nuestros hijos.
- La esperanza, en definitiva, de hombres y mujeres que con independencia de nuestros sentimientos
de identidad, nuestros sueños y nuestras emociones, aspiramos a que estas
instituciones nos garanticen el derecho de ser ciudadanos y vivir libres en
convivencia, progreso y cohesión social.
Y esta esperanza despierta precisamente ahora, amigas y amigos, porque
el 30 de diciembre de 1997 el nubarrón de una amenaza oscureció nuestro
futuro.
El 30 de diciembre de 1997, con la aprobación de la ley de política
lingüística se han sentado las bases legales que pueden provocar de hecho
nuestro
como ciudadanos,
la expatriación de una de nuestras dos lenguas,
la ignorancia de nuestros legados culturales,
la negación de nuestras raíces,
la extirpación de nuestros sentimientos identitarios y
la expropiación nacional de nuestros hijos
porque esto y, no otra cosa, se esconde tras el proyecto nacional
identitario que se ha apropiado de unas instituciones que han de ser de todos.
Amigas y amigos: Todos somos conscientes que el mundo moderno en el que
entramos nos plantea oportunidades y amenazas, soluciones a viejos problemas y riesgos
nuevos que nos inquietan.
La amplia movilidad que los capitales y las mercancías han
alcanzado comportará también, porque es de justicia, una amplia movilidad de personas
que yo creo que debería ser movilidad de ciudadanos del mundo.
Estos movimientos pueden poner hoy en riesgo, como siempre lo
pusieron en el pasado, la cohesión social alcanzada. Ante esta situación ha
habido siempre en el mundo una línea de actuación que ha hecho recaer sobre los más
débiles el esfuerzo necesario para mantener dicha cohesión: la homogeneización
cultural, lingüística e identitaria de los más débiles en torno a los valores y
símbolos identitarios de los más poderosos.
De esta forma creando patrias y naciones sentimentales se ahorra a los
poderosos los esfuerzos fiscales necesarios, garantizando una cohesión social que se
alcanza así de forma sentimental y no económica.
- La cohesión social por vía sentimental, sobre todo, la pagan los más débiles.
- La cohesión social económica la hemos de pagar todos en función de nuestra riqueza.
El nacionalismo identitario que se esconde detrás del catalanismo
político pretende hacernos pagar con el impuesto lingüístico la garantía de una
cohesión social que de no ser así sólo podría alcanzarse con mayores niveles de
esfuerzo fiscal solidario.
Este impuesto lingüístico además es doblemente injusto y regresivo
porque recae especialmente sobre quienes no pudimos ejercer derechos lingüísticos
que hoy están reconocidos pero que durante nuestra juventud nos fueron arrebatados.
Yo creo que, frente a los riesgos que nos acechan hemos de responder
con nuevas formas de cohesión, a partir de nuevos valores que se fundamenten en la
libertad y dignidad de las personas y que impliquen
- el reconocimiento de la pluralidad,
- el fomento de la interculturalidad
- junto a la voluntad de compartir adecuadamente los frutos y beneficios de una
economía globalizada.
Conducir a nuestras instituciones por esta línea supone desarrollar
una línea de pensamiento nueva y un salto cualitativo en el desarrollo de nuestra
civilización.
Este salto cualitativo al que me refiero pasa hoy, prioritariamente,
por proclamar e impulsar un nuevo concepto de laicidad aplicado a las instituciones
de autogobierno.
De la misma forma que el paso de los estados confesionales a los
estados aconfesionales en el siglo pasado permitió acabar con viejos y sangrientos
conflictos civiles, sin que los ciudadanos tuvieran que renunciar a sus sentimientos
religiosos; el nivel de convivencia y cohesión social en el futuro dependerá de que
todas las instituciones distingan y asuman la separación, entre la gestión
de los asuntos políticos colectivos, y los sentimientos de pertenencia identitaria y de
adhesión cultural de sus ciudadanos.
Si la civilización ha tenido una orientación clara en su
continuo progreso esta ha sido la de ir ampliando cada vez más el espacio de la libertad
individual frente a las resistencias conservadoras de situaciones de privilegio de castas,
aristocracias, oligarquías o nomenclaturas que se resistían a la perdida de sus
privilegios blandiendo histéricamente los últimos recursos simbólicos colectivos
que los mantenían en el poder.
Quiero aprovechar en este punto esta reflexión para haceros
partícipes y dejar constancia con claridad y sinceridad la información aparecida
en la prensa últimamente.
Esta concepción laica de las instituciones que os he planteado
corresponde al eje programático que planteé en el órgano de dirección política del
Partido Socialista de Cataluña, partido al que pertenezco al informarle de mi intención
de participar como aspirante en el proceso de primarias para la designación de Candidato
a la Presidencia de la Generalitat.
Pues bien, amigas y amigos, comó único candidato por ahora, adquiero
formalmente el compromiso de que junto a este proyecto de laicidad para nuestras
instituciones me comprometo, como primera e indispensable medida para que este
proyecto tome cuerpo, a exigir de mi partido una rectificación de la ley de política
lingüística que de espaldas a los intereses de su base social y sin la legitimidad
congresual necesaria aprobó en el Parlamento, en un acto de sumisión inexplicable ante
Convergencia.
Esta rectificación la voy a exigir por tres motivos fundamentalmente.
En primer lugar porque es de justicia que las instituciones
catalanas de autogobierno reconozcan claramente y en términos de igualdad jurídica la
lengua materna del 60% de su población, sin ningún tipo de reservas de dominio,
porque forma parte de los derechos humanos, por respeto a la democracia.
Pero si ésta razón por si sola no fuera suficiente, no me temblará
el pulso para exigir un reconocimiento en propiedad de nuestra ciudadanía y con ella de
nuestras dos lenguas.
Porque lejos de lo que algunos perversamente plantean, en la
Cataluña democrática de hoy no hay fuerzas de ocupación, ni derechos de conquista.
Somos ciudadanos con títulos de propiedad suficientes como para poder
exigirlo porque hemos comprado con el fruto de nuestro trabajo el derecho a serlo.
Es hora de reivindicar nuestros títulos de ciudadanía con plenitud
afirmando que esta tierra también nos pertenece a todos y nos pertenece porque la hemos pagado,
la hemos pagado a su precio de mercado, y la hemos comprado con el fruto de nuestro
esfuerzo,
las calles y las plazas de las ciudades y pueblos en los que vivimos,
edificando las casas los pisos en los que habitamos,
fabricando los muebles en los que comemos reposamos y en los que dormimos,
diseñando y montando los coches con los que nos movemos,
tejiendo y confeccionando la ropa con la que nos vestimos,
elaborando y preparando la comida con la que nos alimentamos,
vendiendo los productos que fabricamos, en mercados que conseguimos viajando y
utilizando las lenguas que aprendimos de nuestros padres
escribiendo las novelas que leemos y
componiendo la música que escuchamos.
Y si esta segunda razón de propiedad tampoco es suficiente añadiré
que el PSC debe rectificar porque existen amplios sectores sociales que si bien hasta
ahora no ha optado por reclamar su derecho, a partir de hoy podrían estar dispuestos a movilizarse,
si no se produce un cambio en profundidad en la línea nacionalista identitaria
desarrollada hasta la fecha.
Pero dicho esto, con toda firmeza,
- el mensaje que a toda la sociedad catalana queremos transmitir,
- lo que de verdad queremos que mueva a las conciencias,
es que se sepa y que se entienda
- que todos somos hijos de esta sociedad,
- que todos formamos parte de este pueblo,
- que todos hemos convivido sin problemas y
- que todos lo pretendemos seguir haciendo
pero que, a la vez, nos unen vínculos profundos, familiares,
sociales y culturales, con nuestras tierras de origen o con las tierras de nuestros
antepasados.
Que podemos compartir el lema de ser un pueblo pero no el
lema de un solo pueblo,
- si este "solo" significa soledad y aislamiento,
- si este "solo" significa exclusión,
sencillamente porque esto no es así,
- ni nos sentimos solos,
- ni estamos aislados,
- ni deseamos excluir a nadie.
Le hemos dado a esta sociedad más que nadie, o por lo menos, tanto
como el que más porque en ella hemos encontrado la iniciativa, la capacidad de
organización y sentido de la oportunidad que hacía eficaz nuestro esfuerzo.
Pagamos como catalanes el impuesto de la solidaridad interregional, y
además muchos de nosotros o de nuestros mayores hemos pagado el coste de la
movilidad geográfica en beneficio de la eficacia de un sistema productivo débil, por
ello no se puede exigir el tributo adicional de la expropiación
lingüística y encima mantener a la ciudadanía alejada de las instituciones que deciden
nuestro futuro.
Es necesaria una profunda rectificación, un gesto claro de
reconocimiento de que esta sociedad es plural y de que en su seno todos han de ser
acogidos como hijos legítimos suyos e hijos deseados.
Deseamos, en definitiva, poder compartir el futuro con un proyecto de
país en el que todos nos podamos realizar,
- como ciudadanos, individual y colectivamente,
- sin renunciar a nuestros signos de identidad y
- consiguiendo, además, que estos signos se incorporen legítimamente como signos propios
de la identidad catalana.
La cultura y la lengua catalana tienen su futuro garantizado,
en esto nadie debe tener ningún temor, pero el peso del esfuerzo necesario no puede
recaer sólo sobre una parte de la sociedad. Si de lo que se trata es de salvar una
cultura y una lengua, es el estado, con todo su peso y su poder el que debe asumir,
en un cambio histórico sin precedentes, la responsabilidad de garantizar el futuro
de todas las lenguas españolas, con un reconocimiento solemne y una articulación
y coordinación de medios y recursos que hoy actuan no sólo dispersos, sino incluso
enfrentados.
Y mientras todo esto llega, lo que hoy nos aparece claro a todos es que
para conseguir y garantizar que en el futuro nuestros derechos se respeten, Convivencia
Cívica Catalana, como plataforma independiente, estará presente,, cada vez
con más fuerza, para respaldar a todas aquellas ciudadanas y ciudadanos que se
propongan impulsar estas ideas allí donde se encuentren.
La sociedad que va a nacer con el siglo va a ser una sociedad cada vez
más compleja, las viejas fórmulas de organización ciudadana y política están
quedando superadas por esta misma complejidad. Una sola organización no puede
sintetizar ya, todas las inquietudes de un ciudadano y las soluciones a sus problemas. En
el futuro todos necesitaremos de una multiplicidad de organizaciones para encauzar
nuestra participación social y para articular la defensa de nuestros intereses, en esta
línea Convivencia Cívica Catalana nace para cubrir un vacío que hoy es evidente.
Quisiera para terminar hacer una adaptación libre, muy libre, -un
contrapunto, en realidad- de un sentimiento que se expresa en un famoso verso con el que
me identifiqué cuando lo oí por primera vez y con el que sentí que realmente sí
somos un pueblo y siempre lo hemos sido incluso en los peores momentos-.
El verso empieza así:
Escolta, Espanya,-la veu d'un fill /
Que et parla en llengua- no castellana; /
Parlo en la llengua -que m'ha donat /
La terra aspra: /
En'questa llengua-pocs t'han parlat; /
En laltra, massa.
El verso sigue, -lo habéis identificado bien, es la Oda a Espanya de
Joan Maragall-, y expresa el dolor de alguien que ama y ve el objeto de su amor,
perdido y desorientado.
Este verso no siempre es bien entendido fuera de Cataluña porque
encierra cierta ambigüedad en su despedida.
Con el mismo sentimiento lo hago mio en una nueva versión:
Escucha, Cataluña, -la voz de un hijo /
que te habla en lengua -hispana; /
hablo la lengua -que no me ha enseñado /
la tierra ni fértil ni áspera /
porque ni tierra -ni techo tenían /
los que me la enseñaron.
A esta Cataluña que se repliega sin encontrarse a si misma quiero
acabar, también como el poeta diciéndole:
¿Dónde estás Cataluña? -No llego a verte. /
¿Es que no oyes mi voz atronadora? /
¿Es que dejaste de entender a tus hijos? /
¿Es que deberemos terminar también el verso / diciendo ¡Adiós Cataluña!?
Amigas y amigos, Compañeras y Compañeros, pero ante todo y sobre
todo, hoy ¡Ciudadanas y Ciudadanos de Cataluña:
saludemos a la esperanza
¡Benvinguda Cònvivencia Cívica Catalana!
¡Bienvenida Convivencia Cívica Catalana!