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Crítica a Pujol Respetado por algunos, aborrecido por muchos y temido por todos, Jordi Pujol era, hasta hace pocos días, la figura catalana más importante de la España política. Pero ese indiscutible rango acaba de concluir. Desde ayer es una estrella declinante. Otro catalán, más joven, más atractivo, más interesante y mejor conectado con los tiempos que corren, le ha robado, del día a la mañana, aquel podium desde el cual Jordi Pujol oficiaba la indiscutible prima donna. Esa es una de las razones por las cuales Pujol, siempre transparente en la expresión de sus sentimientos de infelicidad, no ha podido disimular la profunda contrariedad que le ha provocado el triunfo de José Borrell. Sus secuaces han vuelto una vez más a darnos la murga sobre la cantinela de siempre; han dejado caer la sombra de la duda acerca de la presunta «catalanidad» del flamante candidato socialista. Siempre la misma canción: para ser catalán, al parecer, hay que ser, además de nativo de un país, confeso nacionalista; y sobre todo afín al partido de Pujol. «Los militantes del PSOE no ven a Borrell como catalán; y no es, por lo demás, un dirigente que defienda Cataluña». Eso dicen los dirigentes del partido de Pujol. Defender Cataluña significa, obviamente, defender los intereses del partido actualmente gobernante en Cataluña. Pero ya sabemos cómo ese partido las gasta en su fusión, y hasta comunión (no precisamente de los santos) con el ser mismo de Cataluña. En esa reiterada falacia que los escolásticos llamaban «tomar la parte por el todo» (pars pro toto), cifra este partido su propio estilo político, el que durante 18 años ha sumido en pleno sopor al ciudadano de Cataluña. El arrollador triunfo de Borrell en toda España ha sido muy malo para un proyecto, el pujolista, que se alimenta de unos cuantos tabúes, de muchos tópicos no contrastados y de un clima general de superstición. Uno de esos tabúes, el que pesaba sobre cualquier debate o foro relativo a discutir la «cuestión lingüística», hace más de un año que se ha logrado revocar gracias a una impagable ley de usos lingüísticos que ha sido un auténtico boomerang. Ahora cae un importante tópico nacionalista: el relativo a la imposibilidad de que un catalán pueda llegar a ser jefe del gobierno español. Que Borrell haya arrasado en votaciones por toda España, que haya vencido en Extremadura o en Madrid es para las huestes pujolistas un verdadero descalabro. Una de las fuentes de ingresos victimistas más importantes de Pujol se ha vaciado de pronto. Primero fue una impresentable ley de usos lingüísticos la que evidenció, más que ninguna otra disposición, el tremendo desfase entre la Cataluña oficial de los partidos políticos y una sociedad civil bastante harta de que le impongan medidas coercitivas en un ámbito de estricta decisión libre, personal e intransferible. Con el debate en torno a esa ley (debate que está lejos de haber remitido) cayó el tabú impuesto por el pujolismo durante dos décadas en relación a la simple posibilidad de discutir sobre el espinoso asunto de la lengua. Ahora cae un importante tópico pujolista. Paso a paso, el nacionalismo lingüístico, o la peculiaridad catalana dentro del género supersticioso común, el nacionalismo, va perdiendo los pilares de su eterna queja reivindicativa. Realmente el terremoto político generado por Borrell constituye uno de los más grandes e inesperados acontecimientos de estos últimos años. Se avecinan malos tiempos para el nacionalismo rampante. Este triunfo de Borrell es, en gran medida, expresión de un clima general de hartazgo general contra cúpulas dirigentes; pero en Cataluña, donde ha arrasado, es además una expresión, consciente o inconsciente, de saturación y hartura, unida al más profundo hastío, en relación al paradigma nacional-lingüístico que todavía hoy impone en todo el país su implacable, y pretendidamente inapelable, «pensamiento único». Un pensamiento único que no opera tan sólo en el ámbito económico y social, sino que incide, en Cataluña, también en terrenos tan personales como el lingüístico, y que posee estribaciones sustanciosas en el marco cultural. Porque Pujol no se ha limitado a representar a Cataluña desde su posición de Presidente de la Generalitat, sino que ha fundido, o ha querido fundir, su ser mismo con el ser mismo de Cataluña. En constante y contumaz confusión del «ser» y del «representar», ha hecho suyo el dicho del Rey Sol, convenientemente catalanizado: «Cataluña soy yo; por consiguiente cuanto a mí me sucede o afecta, eso le sucede y afecta a Cataluña; y todo lo que no entra en mi gigantesco y poderoso cuerpo, que es el cuerpo mismo de la Nación Catalana, eso es la Tiniebla Exterior, aquella en la que se agazapan los enemigos de Cataluña»: enemigos externos, históricos; pero sobre todo los enemigos internos: «malos catalanes» y lerrouxistas. En esas estamos. En esos términos sofisticados sigue circulando la ruta real del pensamiento catalán nacionalista, comandado por un personaje que no se limita a ser el representante de su país en el gobierno autonómico, sino que pretende ser también su único Pensador, su único Intelectual Orgánico, su único Ideólogo, un poco al modo del Gran Metafísico que regía la utópica «Ciudad del sol» de Tomasso di Campanella. De ahí ese carácter fatigante y fatigoso, único en todo el panorama político mundial, de su constante bregar, día tras día, con prédicas, homilías, discursos y declaraciones de todo orden. Pujol ha conseguido un estilo nuevo de hacer política que puede definirse como estado de declaración permanente. Cada día tiene su afán, como dice el Evangelio; cada día, Pujol amanece con una aportación propia de los asuntos más variopintos y peregrinos, porque Pujol piensa por todos los catalanes: él es el Ser mismo y el Pensar de Cataluña. No hay día en que no nos aleccione sobre alguna materia nueva y distinta. Y siempre, eso sí, desde ese Nacionalismo insaciable que no tiene límites ni fronteras, en donde la renuncia a la promulgación del independentismo es la razón de una puja constante de mayores cuotas de soberanía, y la renuncia a la obligación de que se hable catalán siempre, en todas parte, es compensada por la sugerencia, aquí y allá, de que ni esta última ley, tan diáfana en sus intenciones orientadas hacia el monolingüismo, o hacia la supresión gradual en todas las esferas del español, no es ni puede ser la definitiva. En esa ausencia de límites se halla, creo, uno de los aspectos más perversos de la política pujolista. Siempre es una perversión, en política, la supresión de los límites (Hanna Arendt ha consagrado páginas memorables al respecto en su análisis de los totalitarismo contemporáneos). En el caso de Pujol se trata, más bien, de una consciente y voluntaria difuminación de esos límites; o de una indeterminación que le permite jugar a un regateo eterno, cansadísimo, que obviamente es comprendido en sus intenciones y objetivos por todos los españoles. Esa comprensión del resto de los españoles, que no son tontos y que entienden a la perfección el juego que se trae entre manos el astutísimo Pujol, determina sin lugar a dudas esa mala imagen que de él se tiene en el resto de España. No se le quiere porque en ningún momento se le percibe legal, solidario y digno de confianza. No se le quiere por estas razones; no porque sea catalán, según la obsesiva conclusión que interesadamente extrae él y su séquito; dentro del cual hay quienes llegan a apuntar nombres concretos responsables de una mala imagen ganada a pulso por Pujol año tras año (por ejemplo, la patética denuncia perpetrada por el supuestamente moderado Xavier Trias de algunos escasos medios de comunicación que el pujolismo no puede controlar aquí en Cataluña, gracias a Dios; por ejemplo este periódico en el que escribo; es sorprendente el nivel de autodegradación vulgar al que pueden rebajarse en ocasiones nuestros políticos). Esa imagen pésima de Pujol (de él, y sólo de él) puede, con el mayor desparpajo, convertirla nuestro presidente, mediante su capacidad inagotable para la tergiversación de las cosas, en una mala imagen general de los catalanes en España. Mala imagen que muchos catalanes pueden perfectamente desmentir (entre ellos José Borrell). Sólo que, obviamente, esos catalanes con buena imagen no son para Pujol (y sus secuaces) catalanes de verdad, es decir, nacionalistas, sino catalanes tibios o decididamente malos catalanes. No es que Pujol sea persona de pocas luces. Al revés. Es una personalidad brillante en muchos aspectos, de una astucia taimada, retorcida, que sabe extraer siempre dividendos de su inagotable propensión victimista. Le sobra astucia; pero le falta grandeza (la que tuvo Prat de la Riba y Cambó; la que tuvo también Francesc Macià y, a su modo, Josep Tarradellas). La historia será muy dura con él; mucho más de lo que se imagina. Pujol sabe modular su discurso según el escenario en que se mueve. Victimista desde Cataluña, ya que así inocula en sus bases y en muchos de sus votantes el virus de la permanente queja, puede ser estadista en sus declaraciones en Madrid, o en Andalucía, o en la villa de Lepe, o en el resto de España; y es capaz incluso de capitalizar fuera de aquí logros de sus rivales políticos (por ejemplo los de Maragall) en los modos de vender la imagen de Cataluña fuera de España, en Italia por ejemplo. Ocurre que la patente hostilidad que en toda su carrera como presidente de la Generalitat ha manifestado en relación a la realidad metropolitana de Barcelona es usada, fuera de aquí, como si también los éxitos maragallanos fueran éxitos propios (ya que El, y solo El, es y encarna Cataluña). El fue condenado a Barcelona a vegetar en la medianía urbana; él ha sido, en virtud de su victimismo cultural, y de su incalificable potenciación unilateral de las expresiones culturales cercanas a sus planteamientos, el responsable de que amplios sectores de la cultura dejaran de ser competitivos en relación a Madrid: salas de arte, cine, el propio teatro, y hasta el mundo editorial. Pujol ha concebido la cultura en forma altamente restrictiva; todo su proyecto cultural ha basculado entre el gigantismo faraónico de sus sueños sobre la Nación, más la apropiación patrimonial de la memoria histórica en una clave obscenamente partidista con, además, el usufructo de la demagogia masiva perpetrada a través de los grandes difusores mediáticos; y, por último, la exacerbación del folklore en su expresión más claramente antropológica. Pero Pujol ha sido radicalmente incapaz de generar nada en el campo de liza de la cultura moderna y posmoderna: en el ámbito de la cultura urbana, metropolitana, en donde juegan hoy sus formas de expresión el arte, el pensamiento, la literatura y la verdadera arquitectura y música contemporáneas. Y es, en este sentido, el verdadero y auténtico responsable del clima mediocre y provinciano de la cultura de la Cataluña actual (un clima que ha terminado contaminando, pasada la euforia olímpica, a la propia Barcelona, hoy más segundona y triste que nunca, a pesar de los encomiables esfuerzos municipales, que se hallan una y otra vez torpedeados desde la Generalitat). Pujol, en su proyección cultural, se ha movido como pez en el agua en la expresión de una grandeur provinciana que produce vergüenza ajena (Teatro Nacional), o en la interpretación verdaderamente subnormal del credo nacionalista en clave histórica (Museo Nacional de Cataluña; exposición Escucha España), o en la potenciación de lo más masivo y mediático de la cultura (Televisión y Radio Nacionales Catalanas) y, sobre todo, en una promoción obsesiva y constante de productos autóctonos afines al credo nacionalista (en lengua, expresión artística y credo nacional-católico, o montserratino), más una sobredosis de folklore que invade todos los poros de los difusores públicos de esa cultura pujoliana (cultura antropológica de Coros y Danzas de Cataluña, más ciertas concesiones a la cultura de inmigración más decididamente folklórica; que sin embargo no pertenece a la jurisdicción de Cultura sino a la de ¡Bienestar Social!). Poca cabida tiene en ese proyecto lo que en un ámbito metropolitano moderno se entiende por cultura. De ahí la sorpresa que sobreviene en los últimos tiempos cuando, en una televisión municipal barcelonesa que, con pocos medios, está llevando una trayectoria ejemplar, pueden percibirse al fin rostros y actuaciones de intelectuales, artistas, grupos, etc. que muy pocas veces, o decididamente nunca, en estos interminables 18 años de gobierno pujolista han aparecido en los circuitos radiofónicos y televisivos «nacionales». Y es que existen dos realidades que Pujol jamás ha podido controlar: una es Barcelona como ciudad; otra es el mundo artístico e intelectual moderno y posmoderno barcelonés. Quizás el verdadero «hecho diferencial» catalán sea, justamente, esa realidad hostil para Pujol que es Barcelona. Quizás ese hecho diferencial lo sea también el marco bilingüe de la Cataluña actual, o el carácter plural en todos los sentidos, y no sólo en el lingüístico de la realidad existencial (y no esencial, o esencialista) de Cataluña; un pluralismo que resplandece también en el ámbito cultural, religioso, político, ideológico. Aquí están el gran límite del estrecho marco ideológico de Pujol y de las coordenadas políticas que de él derivan. El agotamiento de ese modelo aparece, cada día que pasa, hasta la saciedad, produciendo un efecto de hastío y hartazgo en muchos. Ese agotamiento nos hace pensar que, una vez consumada esa sanísima alternancia que acaba de tener lugar en el seno del partido socialista, haya llegado también la hora de promover toda suerte de iniciativas cívicas encaminadas a que la alternancia se produzca también en el gobierno de la Generalitat de Cataluña. Quizás, con un poco de fortuna, si hay verdadero empeño conjunto para ello, podamos conseguir en un plazo no muy largo que Pujol no sea ya, ni siquiera, el segundo gran político catalán en España (el primero es, desde ayer, Borrell), sino tal vez el tercero: el segundo podría ser quien hoy pasa por ser un evanescente fantasma afincado en tierras itálicas. Entonces podrá hablarse, con propiedad, del otoño del patriarca. Cara al año 2000, el modelo político de Cataluña debería ser la propia sociedad civil catalana tal como es y existe (no tal como Pujol y sus secuaces quieren que sea, en su constante y obsesiva referencia a un pasado fantaseado según el modo tan bien trazado por Jon Juaristi del «bucle melancólico»). Esa Cataluña real es una Cataluña bilingüe, plural en sus opciones, en la que nacionalistas y no nacionalistas saben convivir y respetarse; y sobre todo una Cataluña solidaria con España y con todos los pueblos de España que deseen ser la California o la Nueva Inglaterra de este país nuestro (en lugar de albergar siniestros sueños independentistas «lituanos»). Una Cataluña que asume la realidad confederal de España sin añadir adjetivos propios de jugador de fortuna (como esta patraña del «federalismo asimétrico»). Una Cataluña que, como enuncian las estadísticas, no vive mayoritariamente problemas «amorosos» (como en la canción de Antonio Machín) en su conciencia de pertenencia en relación a Cataluña y a España. Quizás en España el nacionalismo identitario comienza a ser una fuerza declinante. Quizás una buena dosis de jacobinismo es necesaria para que España pueda pasar de la vieja política marcada por las cúpulas políticas de la transición, casi todas ellas rehenes de la eterna reivindicación nacionalista, a una nueva, orientada hacia nuevos espacios de integración en esta Piel de Toro, comandada y dirigida por una renovada generación de políticos (como la que, de forma sorprendente, ha tomado ya la delantera, de un modo legal y muy ilusionante, en el Partido Socialista). Eugenio Trias es filósofo y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.
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